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Letras desde Cazarabet
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Las voces que recoge Rajadell sobre " la gelada".

Algunos de los más interesantes testimonios los refleja, Rajadell en su libro. José María Masià Mañà de 15 años explicaba: “Trabajaba al camino Queretes, pero tuvimos que parar porque la dinamita no explotaba...tuvimos que ponerlos (se refiere a los cartuchos)   cerca de la hoguera, pero ni así se calentaban...”.  El frío, recuerdan los testimonios, era tan intenso que los animales salvajes no encontraban nada para comer ni lugares en donde poder volver. Masià recuerda: “Ibas por el monte y encontrabas muchos pájaros muertos de hambre, sed...”. Mucha gente dejó de salir a trabajar durante unas dos semanas. Las bajas temperaturas fueron, además de agudas, persistentes.Rajadell destaca: “La helada fue de viento, lo que esparció en frío por todos los rincones del término...”(se refiere al de Vall-de-roures). Muchos testimonios relatan que las temperaturas en esta localidad fueron de -15ºC. Las heladas se extendieron afectando, de manera especialmente cruda, al  olivar (que empieza a helarse a partir de los -8ºC). Muchas balsas de agua se helaron de tal forma que ni encendiendo fuego en su superficie s e amilanaban. Pero esta zona geográfica no era la única afectada. Muchos lugares de Europa sufrieron el latigazo del intenso frío helador, causando muertos i temperaturas que en Suiza llegaron a -34ºC.Pero Rajadell se centra, sobretodo, en estas tierras y como buen periodista y documentalista se adentra en hemerotecas buscando un testimonio directo. El suplemento de Lucha, diario de Alcañíz, relata que “el frío era tan intenso que acompañado de viento con ráfagas del noreste, heló el río Guadalope en diferentes sectores...”. Seguimos, gracias al libro de Rajadell que explica: “el panorama no mejora hasta el 27 de febrero” y el diario Lucha informa que: “según el observatorio de Berlín, las olas de frío han terminado”. Un metereólogo que trabaja en la televisión autonómica catalana, Francesc Mauri, señala: “Esta “siberiana” fue el episodio de frío más intenso de todo el siglo XX, tanto por la intensidad como por la excepcional duración....un termómetro de mercurio reventó en el Principado de Andorra”.Los olivos del territorio Cazarabet encontraron en febrero del 56 su muerte, la mayoría padecieron. La economía local sufrió un golpe más que brutal, definitivo. Los más damnificados, como en casi todas las desgracias, fueron las familias más humildes. Y qué hicieron, la primera reacción fue “decapitarlas”(a las olivos) por el tronco, cortarlas de tajo  y así esperar que del tronco salieran nuevas oliveras. Otros campesinos, simplemente, las arrancaron desde la raíz clavada en la tierra…. Del tronco y ramas más gruesas hicieron leña y la vendieron. Cortaron bruscamente con su propiedad olivarera. Lo único que se incrementó, por tanto, fue la producción de leña de oliveras.Otra gente dejó que los campos de oliveras heladas se transformaron en campos yermos, sin más.Sólo un dato que nos facilita Rajadell”como consecuencia directa de las heladas se arrancaron, en pocos años, unas 3000 hectáreas de oliveras…”. Nos preguntamos a qué se dedicaron las tierras que quedaron “libres” de oliveras. Según la investigación que nos traslada Rajadell “a la siembra, viña y almendros”. Consecuencia directa también la padecieron los molinos de aceite… Paquita Miralles, hija del propietario del molino del “Maquiniste” explica: “ fueron unos años de ruina. En lugar de hacer negocio nos endeudamos. La gente nos llevaba olivas para moler, muy pocas  y casi todo el aceite se lo llevaban para casa…al poco de la helada mi padre cortó el pinar y dedicó sus ingresos a pagar las deudas del molino…”. Rajadell nos recuerda que la helada no fue suficiente castigo, el octubre del 57 tuvo lugar la riada más importante que se recuerda, incluso más ruinosa que la del  2000. Volvamos a la helada sus daños fueron cuantificados, el 23 de febrero del 56, cuando ésta todavía no había pasado en 540 millones de pesetas. Hubo también una moratoria fiscal con el pago de la contribución rústica: así se podía pagar sin recargo la contribución del año 1956 al 1960. Y el Ministerio de Trabajo, según el diario Lucha, concedió dos millones de pesetas para hacer frente al paro en la provincia de Teruel. Se impulsaron propuestas de obras públicas (la mayoría frustradas) para paliar el paro: el recrecimiento del pantano de Santolea, la construcción del pantano de La Balma, el ferrocarril Teruel-Alcañíz. De estos ejemplos que señala Rajadell ninguno se llevó a cabo y las consecuencias fueron muy negativas. Así los ciudadanos escogieron la aventura de irse de la zona que les vio nacer hacia ciudades que consideraban con muchas más posibilidades. Zonas como la del Matarranya perdían  el 3% de los habitantes entre 1940 i 1950, pero cuando llegó la helada, se marcó un antes y un después. La reducción de la población se quintuplicó de la década de los 50 a la de los 60. Las tierras catalanas con el clavel, la industria más próxima o las explotaciones mineras fueron los principales lugares laborales en los que estos ciudadanos encontraron “refugio”. Un miembro destacado de la sociedad del Matarranya, Enrique Micolau, no creyó que fomentar la economía de la zona pasase por  potenciar el olivar, así  pensaba que para aprovechar los recursos del municipio de Vall-de-roures se debían pedir mejores comunicaciones, ampliación del regadío y promoción del sector turístico.La profunda crisis afectó a todos los sectores socio-económicos. Habla Rosario Gil, modista: “Aquel invierno tenía importantes encargos, pero cuando vieron la magnitud de la helada de los olivos vinieron las mujeres que encargaron ropa y entonces ya no me la podían pagar…”. Otra cosa que destaca Rajadell es que no ayudaron nada las técnicas de cultivo anticuadas. Hoy en día caminar por los rincones de este amplio territorio, al que nos referimos, todavía guarda y enseña las huellas de aquel dramático episodio. Así muchas partes conservan grupos de olivos aislados, muchas mutiladas. En nuestro presente temporal todavía se contempla aquel episodio como un acontecimiento excepcional.  Nunca mejor dicho: “La siberiana helada del 56 mantiene fresca nuestra memoria sobre aquel tiempo.” 
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